El día que mi viaje termine, no quiero que el silencio se llene de
apariencias. No deseo lágrimas nacidas del compromiso, ni abrazos que nunca
existieron mientras respiraba.
Que solo permanezcan quienes me conocieron de
verdad, los que entendieron que una sonrisa no siempre vive en el rostro, pero
sí puede habitar eternamente en un corazón agradecido. Viví con poco y me sentí
inmensamente rico; porque aprendí que la abundancia no se mide por lo que se
posee, sino por la paz con la que se despierta cada mañana.
Perdí a mi madre y
aun así elegí darle gracias a Dios, no por el día en que partió, sino por cada instante que me permitió llamarla mamá. Ese fue el regalo, el resto es aceptar
el curso de la vida.
No quiero títulos de familia. Prefiero la verdad de un
amigo antes
que la cercanía de quien jamás estuvo cuando más lo necesité. Si la vida decide
que mi último aliento sea lejos de mi tierra, no carguen mi cuerpo de regreso.
El amor no necesita un lugar para quedarse; vive en los recuerdos, en las
enseñanzas y en los momentos compartidos. No hagan de mi partida un monumento al
dolor. Háganla un brindis por la vida.
Rían por las historias, agradezcan los
caminos, y sigan adelante con el corazón ligero. Porque al final no importa
cuánto tiempo vivimos, sino cuánta gratitud dejamos sembrada en quienes nos amaron.
Y si alguna vez me recuerdan, no miren mi ausencia; miren la vida que
tuve la fortuna de vivir.
"La vida no se honra llorando el final, sino
agradeciendo cada capítulo que tuvimos el privilegio de vivir."

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